El silencio también es válido. Me ha costado asimilarlo, me
ha costado mucho de entender porque algo en mí se resistía a hacerlo, casi cuarenta años ha necesitado
mi mente para ver al silencio como herramienta de vida.
La queja repetida de
mi madre durante la niñez a una pregunta no contestada “Contesta cuando te
llame! Contesta cuando te pregunto algo!” hizo mella en mi forma de ver la
comunicación formal , seguro que como otras muchas reglas sociales que están
latentes a todas horas: ”Hay que saludar y despedir “, “Dar gracias” , “Pedir
permiso”, “Presentar a otras personas”.
El silencio tiene un valor vacío, de cero, incluso negativo.
Eso es pensaba hasta ahora. El profesor
que los hacía, el compañero o amigo que lo usaba, el tendero o vecino que no explicaba
nada, estos eran vistos como seres menos amigables, poco divertidos y rara vez
llamaban mi atención.
Aprendiendo como cada día, desmontas esa teoría. Los correos
sin respuesta, los saludos rebajados, las preguntas contestadas con otra pregunta u
otro tema , los mensajes cortos que son invisibles a otros ojos. Son muchos gestos que se repiten en el
trabajo y en las relaciones diarias. No importa el grado de cariño, de
afinidad, de amistad ni siquiera el de amor que te vincule a otra persona,
percibirás esos silencios más molestos y sonoros que el ladrido de un perro grande
o el llanto de un bebé.
Otra lección de pragmatismo , saber que una mamá no enseña todo a sus pequeños , omite todo aquello que les pueda hacer daño, deja ese papel a la vida, la mejor maestra.
Más adelante de forma subliminal uno de los grupos musicales de mi juventud me enviaba la señal contraria a la de mi madre, en forma de canción, en contexto diferente y ya de adulto.

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